Descubrir que
aquella tierra en la que comienzan a permitirme jugar en la calle, no es
precisamente “a miña terra enxebre”. Sentirme en una tierra lejana de la que me
vio nacer, y en la que mi familia habla nuestra lengua, mi lengua; la misma lengua
que por razones entonces desconocidas, me habían prohibido hablar.
Descubrir y aceptar
de buen grado, que aquellas personas de entre cuyos hijos he comenzado a tener
mis primeros compañeros, me califiquen entre ellas para dirigirse a mí, como el
hijo de la gallega. Que aquella primera pelea por calificarme de gallego
renegado, me hiciese pasar por un amargo momento…son razones más que
suficientes como para preguntarme ¿Porqué? Es la pregunta matriz con la que siento
la necesidad de comenzar a tirar del hilo en busca de un ovillo perdido, en el
que se hallan todas mis respuestas. Entre ellas, el porqué el fallecimiento de
mi madre, provocó entre mi familia la irrevocable decisión de emigrar. Es como
sentirme huérfano doblemente, huérfano de madre, y huérfano por distancia del
rincón de la madre tierra que me vio nacer.
Un pueblo, un rincón que no recuerdo y que solo imagino cuando a través
de algún libro, miro el mapa de España. Pero no encuentro el Puerto de Cariño; por
aquel entonces, el ayuntamiento era parte de un sueño lejano. Cuando todos
estos entresijos se agolpan en mi forzada y precoz mentalidad, comienzo a “abrir”
con cierta preocupación mis ojos, ante una larga lista de preguntas con
respuestas aparentes e incongruentes, y en un gran número de casos, sin
respuesta alguna. Creo que comencé a sentir morriña a una edad muy temprana,
una edad en la que la escuela y los juegos, deberían de ser suficientes, como
para distraerme sin preocupaciones de esta índole. Más cuando todo esto ocurre,
la sangre comienza a hervir y los ojos se me humedecen impidiéndome ver aquel
punto señalado en el mapa con el nombre de Cabo Ortegal, a cuyo abrigo se
encuentra mi tierra natal. Es por estas razones, en las que una mente infantil,
comienza precozmente a dilucidar y rebuscar el sentido y el porqué de todas
estas cosas en una cabeza de siete años.
Sentir el verdadero
arraigo de la tierra, era algo nuevo y especial que me llenaba de felicidad. El
mero hecho de haber reiniciado el aprendizaje de un idioma perdido en los
umbrales de la niñez, cuando apenas cumplidos los tres años, aquellos con los
que comenzaba a jugar, me decían “Gallego”.
Eran días de un
emigrante, que ya formaban parte de mi corto pasado por la ciudad de Cádiz.
Ahora el destino me premiaba permitiéndome aprender a hablar ayudado de cada uno
de mis nuevos amigos. Ellos, eran hijos del pueblo, de mi pueblo; con los que aprender a hablar el gallego, me producía
una inmensa satisfacción. Mentiría si no dejara constancia de que mi interés
por aprenderlo y hablarlo, continuaba sin la aprobación de mis familiares. No
obstante, el hecho de encontrarme marcado a tan temprana edad por los
sinsabores de la emigración, me impulsaba a contemplar con detenimiento mis preferencias.
Siempre y por supuesto, sin llegar a olvidarme del respeto hacia mis mayores e
iguales; pero haciendo en ciertos aspectos, oídos sordos; entre otras cosas,
porque “Falar na nosa lingua,
era falar a lingua da nosa terra nai” algo que me recordaba que estaba
en casa y entre los míos.
Una vez más estrenaba libros; un manuscrito
titulado “Europa” de José Dalmau Carles, una pizarra, dos cuadernos y los
útiles para escritura. Todo ello, fue durante el corto tiempo que estuve en la
escuela de D. Andrés “Chámallo
tu”, pues mis abuelos, prefirieron buscarme sitio en el Escolar, con D.
Filiberto, algo que tendría que esperar un poco de tiempo.
Por otra parte, la nueva casa había comenzado
a construirse y mi abuelo me permitía que le acompañase en los días que no
tenía escuela. El solía visitar las obras todos
los días, aprovechando para hablar con Misael, que así se llamaba el
contratista, sobre cualquier tema a solucionar. Llegados a “La Laguna”, nombre
del lugar donde se estaba construyendo la casa, también conocido por el
sobrenombre de “Areeiro” vi
que habían excavado una gran zanja de forma casi cuadrangular y que a su vez
habían dividido en cuadrados más pequeños, también excavados, donde introducían
unas piedras grandes, sobre las que vertían la mezcla de cemento y arena. Mi
curiosidad me llevo a preguntarle a mi abuelo:
¿Estos hombres son los que nos van a hacer la
casa?
Sí, es lo que están haciendo.
¿la casa, la van a hacer de piedra?
¡No!, eso que están haciendo, se llaman los
cimientos y sobre ellos se hacen las paredes exteriores y las divisiones de lo
que serán las habitaciones y demás. Desde que diera comienzo la obra, y siempre
que mi abuelo me permitía acompañarle; le ayudábamos a los albañiles como ya
comentara anteriormente, a carrear el ladrillo que el camión descargaba a unos
cincuenta metros de la casa, al no poder acercarse más a la obra por los
desniveles del terreno y el hecho de ser este arenoso, de ahí el sobrenombre de
“Areeiro”.
Retroceder en el tiempo y despertar los más
añorados recuerdos, no me supone sacrificio alguno, todo lo contrario. Recordar
aquellos juegos, nuevos para mí, juegos como la billarda, los caños; construir
barcos de vela, con las cañas de maíz, para lo que utilizábamos tres trozos,
dos cortos y un tercero un poco más largo, que se colocaba en el centro, para
luego atravesarlos con dos o tres palos finos, consiguiéndose con ello formar
una especie de catamarán a vela. O con la mitad de uno de los corchos que se
utilizaban como flotadores en los aparejos de las tarrafas artes para la pesca de cerco. Un
trocito de rama o de una caña, un trozo de papel y un trozo de lata como pala
de timón, era todo lo necesario para aprovechando una charca grande, resultado
de los regalos de los largos inviernos, y posándolo sobre el agua para que la
brisa hiciese lo esperado. Raro era el niño, que con un trozo de madera y una
pequeña navaja, no se labrarse sus propios juguetes de madera: Sables o
alfanjes, espadas, pistolas. También acostumbrábamos a ir en busca de gayas por
entre las ramas para hacer tirafondas tirachinas
con las gomas de los neumáticos viejos, y que de forma atrevida y
despreocupada, probábamos en alguna que otra ocasión al lado de la torre de la
iglesia.
Entre los juegos y aficiones, algo que siempre
me gustó, eran los juegos relacionados con el atletismo, me gustaba mucho
correr, practicar el salto de longitud, practicar en el potro o plinto, etc. Cada
juego tenía su época, y eso me lleva a recordar la casa de la Telvina, a la que
no solo acudíamos a comprar los materiales para la escuela, sino también, los
tebeos de Roberto Alcazar, del Capitán Trueno y de tantos otros, así como las
bolas o canicas de barro. Recuerdos entre los que se abre paso en aquella época
dorada, la Plaza de la Pulida y muy cerca del Farruco, encontramos a “o tío
Chinto”, al que desde estas líneas quiero homenajear, por alegrarnos la vida a
tantos niños de Cariño, cos seus peóns. Son pasajes de un pasado que surgen
entre voces que parecen decir: “Con mi
cetro y mi corona, salto por encima de la mona” Las salidas al recreo en el
Escolar, en cuyo espacio jugábamos partidos de hockey sobre barro, en el que
quedaba demostrada, no nuestra pericia como patinadores, sino más bien nuestro
deseo de juego, sin importarnos las posibles caídas. Quien no recuerda las
broncas con las mujeres que ponían la ropa al clareo, en las proximidades de
nuestro espacio recreativo, hasta el punto de tener que mediar D. Filiberto. Un
maestro de maestros haya donde los haya, al que recordaré siempre, como el
principal referente de mis primeros conocimientos en materia de enseñanza; sin
olvidar por supuesto, aquella gran lista de compañeros que llenábamos los
pupitres y compartíamos la leche en polvo, además de los juegos.
Andrés Rubido García