domingo, 27 de mayo de 2012

A mi pueblo


Disfrutar de la paz en la que me sume esa soledad buscada, como puerta de entrada a mis deseos. Esa armonía, con la que termino por introducirme por ese bulevar del silencio, por el que inconscientemente me siento transportado hacia ti. Todo ello, gracias a este excelso milagro de la mente, por el que puedo permitirme callejear por tus calles, cruzándome con mi gente. Es como soñar despierto buscándote caprichosamente hasta encontrarte, y solo así…dejándome llevar hasta poder alcanzar a contemplarte y sentirme libre como cuando era un niño. Volver a jugar por cualquiera de tus inolvidables rincones de ensueño, entre los variados sones que me llegan desde los caños de la fuente de la plaza; de las mujeres del lavadero, mientras juego con mis amigos en el recreo, de tantos y tantos recuerdos convertidos en realidad y que a pesar de los años, mantengo vivos y frescos, como este amor que me mantiene ligado a ti a pesar de la distancia y del tiempo. 

Quien no recuerda ir a la casa de la peta a comprar aquellos adoquines, los higos, o el mismo pan de higo. Me parece estar degustando esos típicos sabores, sin olvidarme de las tortillas de marisco (Berberechos). Que no daría yo, por volver a sentir de nuevo aquellos sencillos y añorados placeres, frutos de las estrecheces, a pesar de las cuales, vivíamos enfrascados en aquel gran patio de la ignorancia, en el que se nos permitía convivir entre aquellas recetas cocinadas por aquellas benditas e inolvidables manos de nuestra madre, y en cuyo cocinar, ponía todo el amor necesario, hasta alcanzar el maravilloso sabor de aquel caldo de nabizas o de berzas; las sardinas lañadas, las chaolas, los roscones, etc. Todo lo suficiente, para terminar jugando después de la escuela, con aquellos juguetes, que a pesar de haberse quedado en aquel mundo de blanco y negro, siguen vivos a todo color en mi recuerdo. 

Cariño, te diría tantas cosas, y… ¿por qué no? Si a pesar de la distancia vivo enamorado de ti, y como no estarlo cuando los sentimientos son nacidos del mismo seno del amor, cuando te deseo como si de mi amada se tratase, y que aunque no sea así, eres mi rincón madre, seno donde nací. Como no expresar todo lo que por ti siento, cuando te quiero tanto Cariño mío.

Andrés Rubido García

lunes, 7 de mayo de 2012

Mis vivencias, 2ª parte


Descubrir que aquella tierra en la que comienzan a permitirme jugar en la calle, no es precisamente “a miña terra enxebre”. Sentirme en una tierra lejana de la que me vio nacer, y en la que mi familia habla nuestra lengua, mi lengua; la misma lengua que por razones entonces desconocidas, me habían prohibido hablar.

Descubrir y aceptar de buen grado, que aquellas personas de entre cuyos hijos he comenzado a tener mis primeros compañeros, me califiquen entre ellas para dirigirse a mí, como el hijo de la gallega. Que aquella primera pelea por calificarme de gallego renegado, me hiciese pasar por un amargo momento…son razones más que suficientes como para preguntarme ¿Porqué? Es la pregunta matriz con la que siento la necesidad de comenzar a tirar del hilo en busca de un ovillo perdido, en el que se hallan todas mis respuestas. Entre ellas, el porqué el fallecimiento de mi madre, provocó entre mi familia la irrevocable decisión de emigrar. Es como sentirme huérfano doblemente, huérfano de madre, y huérfano por distancia del rincón de la madre tierra que me vio nacer.  Un pueblo, un rincón que no recuerdo y que solo imagino cuando a través de algún libro,  miro el mapa de España.  Pero no encuentro el Puerto de Cariño; por aquel entonces, el ayuntamiento era parte de un sueño lejano. Cuando todos estos entresijos se agolpan en mi forzada y precoz mentalidad, comienzo a “abrir” con cierta preocupación mis ojos, ante una larga lista de preguntas con respuestas aparentes e incongruentes, y en un gran número de casos, sin respuesta alguna. Creo que comencé a sentir morriña a una edad muy temprana, una edad en la que la escuela y los juegos, deberían de ser suficientes, como para distraerme sin preocupaciones de esta índole. Más cuando todo esto ocurre, la sangre comienza a hervir y los ojos se me humedecen impidiéndome ver aquel punto señalado en el mapa con el nombre de Cabo Ortegal, a cuyo abrigo se encuentra mi tierra natal. Es por estas razones, en las que una mente infantil, comienza precozmente a dilucidar y rebuscar el sentido y el porqué de todas estas cosas en una cabeza de siete años.

Sentir el verdadero arraigo de la tierra, era algo nuevo y especial que me llenaba de felicidad. El mero hecho de haber reiniciado el aprendizaje de un idioma perdido en los umbrales de la niñez, cuando apenas cumplidos los tres años, aquellos con los que comenzaba a jugar, me decían “Gallego”.
Eran días de un emigrante, que ya formaban parte de mi corto pasado por la ciudad de Cádiz. Ahora el destino me premiaba permitiéndome aprender a hablar ayudado de cada uno de mis nuevos amigos. Ellos, eran hijos del pueblo, de mi pueblo; con los  que aprender a hablar el gallego, me producía una inmensa satisfacción. Mentiría si no dejara constancia de que mi interés por aprenderlo y hablarlo, continuaba sin la aprobación de mis familiares. No obstante, el hecho de encontrarme marcado a tan temprana edad por los sinsabores de la emigración, me impulsaba a contemplar con detenimiento mis preferencias. Siempre y por supuesto, sin llegar a olvidarme del respeto hacia mis mayores e iguales; pero haciendo en ciertos aspectos, oídos sordos; entre otras cosas, porque “Falar na nosa lingua, era falar a lingua da nosa terra nai” algo que me recordaba que estaba en casa y entre los míos.

Una vez más estrenaba libros; un manuscrito titulado “Europa” de José Dalmau Carles, una pizarra, dos cuadernos y los útiles para escritura. Todo ello, fue durante el corto tiempo que estuve en la escuela de D. Andrés “Chámallo tu”, pues mis abuelos, prefirieron buscarme sitio en el Escolar, con D. Filiberto, algo que tendría que esperar un poco de tiempo.
Por otra parte, la nueva casa había comenzado a construirse y mi abuelo me permitía que le acompañase en los días que no tenía escuela. El solía visitar las obras todos  los días, aprovechando para hablar con Misael, que así se llamaba el contratista, sobre cualquier tema a solucionar. Llegados a “La Laguna”, nombre del lugar donde se estaba construyendo la casa, también conocido por el sobrenombre de “Areeiro” vi que habían excavado una gran zanja de forma casi cuadrangular y que a su vez habían dividido en cuadrados más pequeños, también excavados, donde introducían unas piedras grandes, sobre las que vertían la mezcla de cemento y arena. Mi curiosidad me llevo a preguntarle a mi abuelo:
 ¿Estos hombres son los que nos van a hacer la casa? 
 Sí, es lo que están haciendo.
 ¿la casa, la van a hacer de piedra?
 ¡No!, eso que están haciendo, se llaman los cimientos y sobre ellos se hacen las paredes exteriores y las divisiones de lo que serán las habitaciones y demás. Desde que diera comienzo la obra, y siempre que mi abuelo me permitía acompañarle; le ayudábamos a los albañiles como ya comentara anteriormente, a carrear el ladrillo que el camión descargaba a unos cincuenta metros de la casa, al no poder acercarse más a la obra por los desniveles del terreno y el hecho de ser este arenoso, de ahí el sobrenombre de “Areeiro”.

Retroceder en el tiempo y despertar los más añorados recuerdos, no me supone sacrificio alguno, todo lo contrario. Recordar aquellos juegos, nuevos para mí, juegos como la billarda, los caños; construir barcos de vela, con las cañas de maíz, para lo que utilizábamos tres trozos, dos cortos y un tercero un poco más largo, que se colocaba en el centro, para luego atravesarlos con dos o tres palos finos, consiguiéndose con ello formar una especie de catamarán a vela. O con la mitad de uno de los corchos que se utilizaban como flotadores en los aparejos de las tarrafas artes para la pesca de cerco. Un trocito de rama o de una caña, un trozo de papel y un trozo de lata como pala de timón, era todo lo necesario para aprovechando una charca grande, resultado de los regalos de los largos inviernos, y posándolo sobre el agua para que la brisa hiciese lo esperado. Raro era el niño, que con un trozo de madera y una pequeña navaja, no se labrarse sus propios juguetes de madera: Sables o alfanjes, espadas, pistolas. También acostumbrábamos a ir en busca de gayas por entre las ramas para hacer tirafondas tirachinas con las gomas de los neumáticos viejos, y que de forma atrevida y despreocupada, probábamos en alguna que otra ocasión al lado de la torre de la iglesia.
Entre los juegos y aficiones, algo que siempre me gustó, eran los juegos relacionados con el atletismo, me gustaba mucho correr, practicar el salto de longitud, practicar en el potro o plinto, etc. Cada juego tenía su época, y eso me lleva a recordar la casa de la Telvina, a la que no solo acudíamos a comprar los materiales para la escuela, sino también, los tebeos de Roberto Alcazar, del Capitán Trueno y de tantos otros, así como las bolas o canicas de barro. Recuerdos entre los que se abre paso en aquella época dorada, la Plaza de la Pulida y muy cerca del Farruco, encontramos a “o tío Chinto”, al que desde estas líneas quiero homenajear, por alegrarnos la vida a tantos niños de Cariño, cos seus peóns. Son pasajes de un pasado que surgen entre voces que parecen decir: “Con mi cetro y mi corona, salto por encima de la mona” Las salidas al recreo en el Escolar, en cuyo espacio jugábamos partidos de hockey sobre barro, en el que quedaba demostrada, no nuestra pericia como patinadores, sino más bien nuestro deseo de juego, sin importarnos las posibles caídas. Quien no recuerda las broncas con las mujeres que ponían la ropa al clareo, en las proximidades de nuestro espacio recreativo, hasta el punto de tener que mediar D. Filiberto. Un maestro de maestros haya donde los haya, al que recordaré siempre, como el principal referente de mis primeros conocimientos en materia de enseñanza; sin olvidar por supuesto, aquella gran lista de compañeros que llenábamos los pupitres y compartíamos la leche en polvo, además de los juegos.

Andrés Rubido García

miércoles, 25 de abril de 2012

Mis vivencias, 1ª parte


Nací según reza en el libro de familia, en la madrugada del día de difuntos del año 1948; en esa casa que hace esquina a la calle del Castro de Abaixo y a la calle Del Sol. De mis primeros años, todo lo que puedo decir es a través de las informaciones de mis antepasados. Hijo de Andrés Rubido Breijo “El Chacho” y de Carmen García Rodríguez, “de la Vacariza”. Huérfano de madre a la edad de tres años, y por razones que poco pueden interesar, quedé al cuidado de Emilio García Galdo, “Bares”, como así se le conocía y de María Vicenta Rodríguez Rodríguez “De la Vacariza” que eran mis abuelos maternos, con los que terminaría al poco de fallecer mi madre, emigrando a la Ciudad de Cádiz en la que actualmente resido. De mis abuelos paternos, poco puedo decir, pues mi abuelo Manuel Rubido, murió en el año 1929 y mi abuela Rosario Breijo Cazas murió en el año 1956; un año antes de nuestro regreso a Cariño.

Después de daros a conocer mis orígenes, prefiero centrar parte de estas vivencias en ese periodo, que es por así decirlo, lo que más valoro y con más cariño guardo y conservo en mi mente.

En el año 1956, regreso con mis abuelos a Cariño y debido a que aquella casa en la que nací, y a la que antes hacía referencia, había sido vendida por mis abuelos, ante la insistente presión de sus hijos; nos alojamos en una casa muy cercana a la anterior y ubicada en la calle Del Sol, propiedad de Maruja de Bravo, cuya familia, también era conocida por los de madeiras, y cuya hija mayor, Isabel, había contraído matrimonio con mi tío Luis, hermano de mi madre. Una familia que no dudó en acogernos y poner a disposición de mis abuelos todo lo que necesitase; demostrando ser tanto ella como sus hijos, una familia muy cariñosa. Dicha casa, tan solo quedaba separada de la que fue la nuestra, por la de Carmen de la Maragata, que lindaba con la parte trasera de la misma, en la que teníamos un almacén, en el que se trabajaba el pescado.

El tiempo que permanecimos alojados en aquella casa, fue el tiempo que tardaron en construirle al hijo mayor de mis abuelos maternos, Suso, conocido por el Soplón, una casa en la Laguna. Aún así, recuerdo que encontrándonos viviendo en la casa de la Señora Maruja de Bravo, mis abuelos se vieron en la necesidad de reanudar sus casi olvidadas profesiones como medio de ingresos; para lo que buscaron un almacén alquilado que reuniese las condiciones mínimas necesarias para poder desarrollar sus actividades. Dichas actividades, consistían en la compra de pescado fresco, mayormente sardina y jurel, el cual se limpiaba de vísceras y dependiendo de la época del año, se salaba, se preparaba para la venta en fresco o se lañaba –una variante de la salazón–. Esta última operación, se solía hacer en la época de verano, para poder concluir su preparación. Esta, consistía en una vez el pescado limpio, se abría en canal y se preparaba una salmuera cuyo grado de sal mediamos mediante la flotabilidad de una patata. Lista la salmuera, se introducían las piezas con el cuidado de dejarlas todas con la piel hacia arriba, dejando reposar el pescado en dicha salmuera hasta que alcanzase el tiempo estimado. Transcurrido el periodo del mismo, lo retirábamos de la salmuera y en canastas de mimbre (Paxes) se enjuagaba en agua limpia y se tendía sobre una red de tarrafa arte de pesca empleada para la captura de sardinas, a la espera de su secado. Siempre alerta, impidiendo la proximidad de algún que otro gato y de que no lloviese, pues por aquellos años, en Galicia el verano era muy corto y no resultaba extraño que pudiese llover en dicha estación. Una vez secas las piezas, se apareaban; es decir, se juntaban de dos en dos haciendo coincidir la parte carnosa entre ellas; de esta manera se iban depositando en cajas de madera con capacidad para treinta kilos, poniendo en el fondo de las mismas papel de estraza sobre el que se iban depositando y formando andanadas, que una vez completada cubríamos con papel y así sucesivamente hasta completar la caja, la cual se terminaba tapando con más papel. El fruto ha dicho trabajo, tenía que buscarlo mi abuela en las ferias que se celebraban en distintos puntos de la comarca, como por ejemplo: Mera, San Claudio, Moeche, La Barquera, etc., y de cuyo transporte hacia dichos puntos, se encargaban los autobuses de Pepe y Valentín Miranda de La Piedra, a los que se desplazaba, para poder vender dicho pescado, y en los que aprovechaba para comprar quesos frescos, vulgarmente conocidos como tetillas.

En aquellos primeros días de regreso al pueblo, mis abuelos compraron sus primeros lotes de sardinas. Esa fue la primera vez que tuve conocimiento de la elaboración de las sardinas lañadas, la preparación de la salmuera, etc. Esta operación de secado en aquellos días, la hacíamos sobre unos trozos de red tendidos sobre la hierba del castro.

Con respecto a la construcción de la casa, recuerdo que ayude a carrear gran parte de la piedra y el ladrillo, desde donde lo depositaba la inolvidable “Matraca de Valentín”, hasta la parte más cercana a la construcción. En dicho acercamiento de material, se emplearon tanto carretillas, como canastas de mimbre (Paxes) y cubos de cinc. La casa se construyo sobre un terreno que lindaba con el de María “de Antón Longo”. Hacia la parte de atrás, se hallaba la casa de Carmen “de la Pistata”, y lindando con ella, se hallaba la casa de José “Del Chanzón” a cuyo lado había una muy pequeña casita de madera, en la que vivía Vicente “Del Chanzón”, hermano del anterior. Mis vivencias en la Laguna o Areeiro, comienza por una rápida y armoniosa amistad con los vecinos, entre los cuales conocí a Pepe Luis, hijo de José y de Consuelo, que vivían en el camino que conducía a Barreiros, era por así decirlo, la última casa del Areeiro en esa dirección, aunque en esa misma línea y más hacia la cercanía del pueblo, cerca del caño que por allí pasaba, estaba también la casa del “Menofilo”.

Procurarme una plaza en una escuela, para evitar el tener que estar mucho tiempo sin colegio, fue una de las primeras prioridades de mis abuelos. Allí, al lado de la fuente de La Rivera, entre la tahona y el conocido Barómetro, encontraron la que sería mi primera escuela; la escuela de Andrés “de Chámallo tú”. En ella, hice mis primeros amigos, de los que recuerdo vagamente, algunos, y que por respeto a todos ellos, me privare de nombrar.

Andrés Rubido García